miércoles, 24 de noviembre de 2010

"Más que la vida, lo que estoy viviendo es la muerte"


"Más que la vida, lo que estoy viviendo es la muerte", fueron las palabras del perspicaz cineasta Armando Robles Godoy semanas antes de su fatídico deceso; ¿quién podría descifrar en ese momento que una  irónica  escena   le pondría fin a la cinta de su vida tras 87 años de iniciada esta? Hoy Robles Godoy yace en la eternidad, y su condición iconoclasta y transgresora queda como legado  para aquellos inconformistas con espíritu rebelde que ansiosos desean lanzarse a la senda creadora del arte y de la vida.  El trabajo propiamente cinematográfico de Armando Robles Godoy lo integran seis largometrajes, y más de una veintena de cortos. Fue a mediados de los años ’60 con Ganarás el pan, que la obra más conocida del controvertido director se inicia, para paulatinamente abrir una franja poco explorada hasta ese momento en la cinematografía peruana.
Robles Godoy fue y es sinónimo de vanguardia,  y a el se le atribuye la  instauración de una nueva manera de hacer cine en el Perú, con respecto a los grandes movimientos nacionales que se sucedían en diversas partes del mundo en ese entonces. Muchos años después, se puede ver con algo más claridad lo que rodeó a esas obras, de carácter enigmático y barroco. A veces afortunadas, otras no.
Damos un sucinto repaso por ellas, con excepción de su ópera prima, difícil de encontrar actualmente:
En la selva no hay estrellas (1967): Antes de ser cineasta, Robles Godoy se consideró a sí mismo escrito, y fue justamente uno se de sus relatos el que lo deslumbraría como un director digno de ser puesto en la mira como futuro referente cinematográfico. A  pesar de las obvias limitaciones técnicas de ese momento, En la selva no hay estrellas es la película más cercana a la estructura clásica que llegó a realizar el cineasta. Pero dentro de esa historia sobre el recorrido tanto mental como físico que realiza un hombre (interpretado por el argentino Ignacio Quiroz) y su botín deseado por un rincón perdido de la selva peruana, ya se deja ver el interés de Robles por dar cuenta de su particular percepción de la realidad de su país.
La muralla verde (1970): Así como con “En la selva no hay estrellas”, Robles Godoy encentró la inspiración creadora en una novela escrita por él, la cual al ser plasmada al celuloide lo erigiría definitivamente como genio contemporáneo.. La Muralla Vede se configura como una de las películas más interesantes que se han hecho en Perú, y al igual que la anterior, el paisaje amazónico se constituye en el escenario central, aunque no el único. A partir de sus remembranzas de la época en que se mudó con su familia en calidad de colono, Robles Godoy crea una película sembrada de sugerencias visuales y sonoras, trabaja los tiempos muertos tan caros al cine moderno, y se luce en algunas resoluciones fílmicas sorprendentes, especialmente las de la parte culminante. Pero en el pasivo, se deja ver esa tendencia por buscar el efecto poetizante, que iría deviniendo en artificio y redundancias en la medida que su cine se fue volviendo más hermético. Las críticas en torno a esta cinta siguen hoy en la palestra, sin embargo, La muralla verde es una película sentida, con auténticos logros. Un momento en el que el director todavía compartía más que solo consignas estéticas gritadas a viva voz.

Espejismo (1972): es la película más lograda del director en términos técnicos. Hecha, como el mismo lo dijo alguna vez, a todo lujo. Acá se introduce de forma más radical en una estructura rupturista, poco complaciente para quien espera que le cuenten una historia, que la hay pero de forma muy incierta. Estamos en un pueblo iqueño del que solo quedan algunos vestigios de lo que fue una gran plantación de uvas propiedad de una familia de terratenientes, cuya realidad e historia es descubierta poco a poco por un pequeño abandonado entre esas ruinas (aunque el tema de la reforma agraria nunca es tocado como tal). A partir de ello, Robles asienta sus procedimientos preferidos: elipsis temporales, flashbacks, imaginería impactante, ecos de Resnais, Sjoberg, entre otros. Pero lo que llegaba a funcionar de forma tan peculiar en La muralla verde, solo encuentra acá vagos ecos de sus logros. Algunas escenas tiene atractivos pero de forma suelta, desperdigada, antes que el todo borroso y lleno de misterio que pretende desde la figura misma del leitmotiv visual de la película: las imágenes del hombre que corre en alguna parte del desierto perdido en el tiempo. 
Sonata soledad (1987): Iniciada como idea de un ejercicio para el taller que desarrollaba en ese tiempo, este reencuentro de Robles con el largo después de varios años, solo se llegó a estrenar en la sala de la Filmoteca de Lima, quince años después de Espejismo. Y todo ese tiempo realmente no pasó por gusto, ya que acá Robles radicaliza mucho más sus procedimientos e intereses expresivos, aunque casi siempre rozando la extravagancia y la nulidad. Compuesta por tres partes, que hacen las veces de pretendidas piezas musicales, Sonata soledad muestra a Robles Godoy dando incierta cuenta de los fantasmas de su vida y trayectoria, tanto en la niñez, como en sus relaciones afectivas, o en sus trances con el cine. Lo más rescatable debe ser Tempo, la primera de sus “suites”. En ella el mismo director aparece para encarar entre malcriado y resignado, su educación religiosa, de la cual obviamente reniega. Imágenes de confesionarios, castradores de sotana ya muertos, pero enterrados en ruinas, en medio de las cuales lo único que exhala vida es una fuente vertiendo agua. Metáforas visuales sobre el sexo y la armonía perdida, pero tratados con autoindulgencia. 
Imposible amor (2003): El último “opus” del veterano cineasta, fue terminado en el 2000, pero su estreno se postergó tres años, para solo ser de forma restringida en el Festival de Lima. Y valgan verdades, para ser una película que se pretende testamentaria (donde Robles Godoy suma todos sus puntos de vista y obsesiones de toda la vida), es realmente infame. más aún considerando el creciente culto que se ha venido desarrollando alrededor de su figura en este nuevo siglo, y más aún con la revolución tecnológica, a la que en cierta medida se le agradeció la posibilidad de este capítulo final. Pero Imposible amor no pasa de ser un tremendamente fallido ejercicio, que narra de forma circular diversos episodios relacionados de con sus ideas sobre la religión, el cine, la crítica, los artys, etc. Todos y cada uno, amores imposibles que divagan entre el humor de sketchs, la apariencia de corto estudiantil, y todo un arsenal de alucinaciones inconexas, que lindan con el mamotreto sin vergüenza. Tal vez este mal decirlo en un espacio que en líneas generales intenta ser un homenaje. Sin embargo, no se puede evitar hablar de este trabajo como un naufragio total, el verdadero laberinto sin salida al que se estuvo aproximando en su cinta previa. 
Pero como casi todo en la obra de Robles Godoy, si algo pervive es el carácter controvertido, imprevisible, ese que de alguna forma generó una escuela, una que todavía está por descubrirse en todas sus facetas.

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