Mario Broncano sale de un callejón estrecho ubicado en huascarán, una de las zonas más bravas de la victoria. Tiene la mirada perdida, el rostro desencajado; está mal trajeado y con aliento alcohólico. “acabo de llegar del mercado, una tía me mandó a comprar sillao” me cuenta, pero sé que miente; son las 12 del mediodía e intuyo que recién acaba de despertar después de una noche en la que el cañazo y la pasta, droga barata pero fuertemente adictica y dañina, fueron los sustentos para evitar olvidar la realidad. La noticia que busco está relacionada a aquel episodio maldito en el cual Broncano fue sacado del avión que lo llevaría a participar en las olimpiadas de Seúl 88; busco conocer su versión de los hechos.
A huascarán no entra cualquiera; para poder ingresar debes estar apadrinado por alguien; en mi caso se trata de un intimo amigo, el cual, por azares del destino hoy es asiduo concurrente, pero esa ya es otra historia. Al entrar con el auto, las miradas envolventes comienzan con su escrutinio inquisidor; los soldados del barrio, casi uniformados con zapatillas nike, gorras y las chuzeadas de rigor observan con desconfianza. Al ver al conductor se dan cuenta que es un miembro más del barrio.
Broncano sube al auto, nos dirigimos a José Gálvez, un lugar descampado cerca de la vía expresa que sirve de refugio para aquellos que gustan escapar de la realidad mediante pacos, quetes, o algún tipo de pegamento industrial (tercoal).
Al llegar al lugar de la entrevista esta se da inmediatamente; preguntas directas y cortas salen de la boca desdentada del retirado boxeador. Como si de jabs, ganchos y uppercuts se tratase, va afirmando, desmintiendo y desmitificando algunas de mis preguntas.
Finalmente lo llevo de regreso a su refugio, el callejón del cual, hace muchos años, salió con la esperanza de ser grande, alcanzar un título mundial, y tal vez convertirse en motivo de orgullo nacional. Lamentablemente este regreso es definitivo; sus sueños siguen ahí, pero él sabe bien que ahora son inalcanzables.

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