De aquellos lejanos días recuerdo poco; los paseos en el auto, tomando el volante sentado en las piernas de mi padre; momentos gratos en los cuales tenía la dicha de ponerme en su lugar y maniobrar el viejo Chevrolet. Aunque era el quien guiaba el timón, yo era feliz de, aunque sea por un instante, sentir el poder de aquel viejo bólido, enrumbando a las playas de ancón junto a la familia.
En el viejo colegio del cercado donde cursé la primaria, las cosas fueron bien en un inicio. Los maestros y compañeros eran amigables, inclusive entable amistades que perduran hasta el día de hoy, y que fueron cómplices de un sinnúmero de mataperradas propias de la infancia. Como olvidar aquellos episodios en los que, víctimas de una procacidad candorosa, salíamos de clase para no regresar, utilizando falsas destemplanzas y aflicciones estomacales como ambiguo recurso.
La secundaria vino con las poses de rebeldía y necia independencia propias de un adolescente. El colegio ya no era el “San Andrés” del cercado de Lima, ahora se encontraba en el límite de surquillo y Miraflores; las cosas fueron muy distintas allí. Los recreos ya no estaban colmados de los pasatiempos a los que estaba habituado: el trompo, el futbol con chapitas, las escondidas; ahora se trataba de demostrar quien era el más fuerte. Naturalmente el cambio fue brusco, pero sirvió como medio para forjar el carácter.
Finalmente vino la despedida del colegio; la ceremonia de promoción, el viaje, la fiesta, y miles de recuerdos más. Definitivamente, como dicen muchos, la etapa escolar es la más entrañable en la mente de un adulto. Bueno, en mi caso también es aplicable esa trillada frase.

Hola Me encanta la foto. Es tuya? Saludos!
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